10 días en la Patagonia chilena
Dejando al margen la escasamente ciclable Antártida, uno de las rutas más meridionales que se pueden recorrer en bicicleta en el mundo entero es la Carretera Austral.
Y precisamente su sector más extremo ha sido surcado por Xabier Irizar, natural de Ordizia (Guipúzcoa), quien junto a su amigo el donostiarra José Luis Macarro emprendió por ella una aventura de diez días que jamás olvidará.
Conocieron el rigor y la belleza del clima patagónico, pedalearon durante 600 kilómetros por una carretera que tiene más de pista descarnada que de asfalto, y además probaron lo que es la auténtica hospitalidad: pasar los días 24 y 25 de diciembre con una hospitalaria familia chilena, a miles de kilómetros de casa.
600 kilómetros por la CH-7
Emociones no les faltaron. La Carretera Austral (llamada CH-7, técnicamente), que baja paralela a la costa del Pacífico chileno desde Puerto Montt y cruza el cuarto más meridional del alargado país, tiene de carretera el nombre y poco más: “Nosotros empezamos en Coihaique, bastante más al sur”, detalla Irizar, “y de ahí llegamos hasta Villa O´Higgins”, es decir la localidad urbanizada donde concluye la ruta. Eso quiere decir que completaron “unos 600 kilómetros”, más o menos, “y asfalto sólo hay en los primeros 100…”.
Más hacia abajo, según miramos el mapa, es todo pista de grava. Y se ve la ruta interrumpida por “fiordos, islas, canales…”, dado que “la línea de la costa no es muy clara allí”. Es más, “tres o cuatro veces tuvimos que tomar ferrys o barcos, porque no se puede seguir pedaleando”.
De hecho, “pensábamos que nos haría falta menos, pero tardamos 10 días en llegar”. Y en eso no sólo influye el firme, sino también que el recorrido “es bastante duro”, de modo que sacrificándose bastante conseguían recorrer “unos 70 u 80 kilómetros diarios. Aunque por la Carretera Austral no hay puertos altos, todo el tiempo pasas por subidas y bajadas cortas”, que acaban por minar el organismo. Por otra parte, en forma de equipaje “llevábamos unos 20 kilos cada uno”, y eso que “la ropa era poca: un par de culottes, dos o tres camisetas, un chubasquero…”, y también, claro, “la comida y el agua”.
Pero realmente, líquido elemento “no era difícil conseguir”, confiesa, añadiendo que existe una imagen errónea del clima patagónico, porque de hecho hay dos: el argentino y el chileno, separados por la barrera de los Andes. “Aquí nos suena que aquello es llano y seco, pero eso es en Argentina; la Patagonia chilena es muy verde, porque las tormentas del Pacífico se paran en los Andes y descargan del lado de Chile, donde hay muchos ríos, lagos…”, revela Irizar. El paisaje, además, es calificado por el aventurero como “una gozada: tienes montes de 2.000-3.000 metros”, pero al estar relativamente tan cerca de la Antártida “hay nieves perpetuas, y glaciares gigantescos, que en algunos casos acaban en el mar… Para un amante de la naturaleza”, como es él, “aquello es difícil de describir”.
Día de reposo familiar
En ese cálculo de 11 días de viaje (entre el 20 y el 30 de diciembre, se realizó la ruta) está incluido un día de descanso, concretamente “el de Navidad”, porque Xabier y José Luis prefirieron hacer su viaje en unas fechas que, en el Hemisferio Sur, son pleno verano (el invierno es prácticamente inaguantable para un ciclista, en esos lares).
Aún y todo, en el verano austral “hacía fresquito, pero yo creo que buen tiempo”, apunta. “Sólo tuvimos un par de días de lluvia, porque por la tarde podía haber tormentas”. La temperatura fue incluso un aliado, y la lluvia molestó poco; no así el viento, “que allí es constante. Y te pega mucho de cara, te frena, aunque también otras veces lo tengas a favor”.
Pero, volviendo a tan señalado día, y aunque no lo tenían previsto, “el día 24 de diciembre llegamos a Caleta Tortel, un pueblo costero muy bonito y peculiar”; y un hito, porque la Ruta discurre en general por parajes más interiores. “Es un lugar protegido, y no tiene calles como tales”, sino que la gente camina por allí sobre una especie de recorridos de tablas para no pisar el frágil y valioso suelo.
Así, no se puede entrar en vehículo: “Ni coche, ni moto, ni bicicleta. A la entrada del pueblo hay un parking donde tienes que dejarla, y pasar andando”. En definitiva, el pueblo “nos gustó”, y más aún la enorme hospitalidad de “la familia Pinilla”, de cinco miembros, con quienes cenaron el navideño 24 pero, al gustarles tanto la experiencia a los visitantes, se quedaron el 25 entero con sus anfitriones, para salir el 26 “bien descansados y alimentados…”.
Empieza lo más duro y salvaje
Además, la cosa se complica según avanza uno hacia el sur. Hay un nombre clave aquí, la localidad de Cochrane, que cae a unos 230 kms. de la meta de Villa O´Higgins, es decir que está “a mitad de recorrido”.
Pues bien: “Hasta esa ciudad, regularmente encuentras pueblos donde aprovisionarte y puedes dormir en casas particulares”, es decir “hospedajes que ofrecen las familias” como la Pinilla: “Usas su misma ducha, cenas con ellas” y, por la mañana, “te vas. Pero, en la segunda mitad del recorrido, no hay ni pueblos”, por lo que en Cochrane tocó aprovisionarse mucho de todo lo necesario. “Y dormir en formato libre”, define Xabier, es decir “al raso”, buscando “el mejor lugar para tirar el saco, porque no llevábamos tienda de campaña…”.
Y lo más salvaje estaba, sin embargo, por llegar. Porque en Villa O´Higgins muere la ruta, y sólo hay dos soluciones: regresar de nuevo en bici hasta la zona más civilizada de la Ruta chilena, lo que supone demasiados kilómetros, o cruzar en barco el lago transfronterizo (llamado O´Higgins en Chile y San Martín en Argentina) hacia el país vecino, que fue lo realizado por la dupla, tras lo cual se necesitan unas cuantas horas campo a través y algo de carretera de cara a llegar a una localidad con servicios de transporte. “Nos llegamos a meter en un río hasta los muslos… Casi nos perdemos”. Pero hubo éxito, y ya en el país vecino, más civilizado en ese extremo, ya en El Chaltén (pueblo desde el que parten rutas hacia los famosos picos Cerro Torre –uno de los más difíciles del planeta- y Fitz Roy) Macarro e Irizar cogieron el autobús que los devolvía a Chile más al norte, en Punta Arenas, desde donde volaron a Santiago para concluir el periplo.
Belleza exterior… e interior
No era la primera vez que Xabier le daba a los pedales en ese plan, porque se había recorrido varios puntos de Europa, el Camino de Santiago y hasta la versión por asfalto de la ruta transpirenaica. Pero “este viaje es, de lejos, el más espectacular que he hecho.
Tampoco es que José Luis y yo seamos unos pioneros, ni mucho menos”, porque sin ir más lejos esos días se encontraron sobre la bici “a ocho o diez europeos: algún belga, algún suizo…”, la mayor parte de los cuales viajaban en bicicleta por una temporada mucho más larga. Pero impresiona “estar horas, y horas, y horas sin ver a nadie”, pese a sumar muchos kilómetros.
Se queda Irizar en la retina con la espectacularidad y la crudeza vital de los paisajes. Y, en el corazón, con “la excelente acogida y la hospitalidad de los chilenos. En todas partes nos trataron de maravilla, y hasta cuando hubo algún problema –por ejemplo a la hora de desplazar las bicicletas hacia la salida o de vuelta a Santiago- siempre los resolvimos gracias a ellos”. Por eso, pese a la machacada, nunca se olvidará del viaje por estos maravillosos parajes.